Lo que me causa curiosidad es un poco el proceso por el que vivimos la separación: antes, cuando la avisoramos viene una angustia pero tremenda; de pronto sabes que las cosas que antes podrían seguir igual ahora no tienen ninguna posibilidad de continuar así, sabes que vamos a cambiar todos dentro de tres o cuatro segundos, con distintos pensamientos que se dividen en otros tantos que conformarán quizás cuántos pensares en una sola cabecita loca. Entonces entiendes que la separación es algo así como una advertencia al cambio, un llamado a mantener la calma para cuando no haya más consuelo que los recuerdos. Y viene la segunda etapa, la del disfrute, la de mirar intensamente a los ojos y decir mil cosas para luego no quedar atragantada con nada. Nos queda mirar muchas veces y hacer muchos planes y pensar en las cosas que sí podrás hacer, en eso que sí puede dejar un buen recuerdo en todo esto. Así las cosas hasta que ya te das cuenta que inconscientemente te estás despidiendo un poco, de estos y tantos otros, de estas y tantas otras cosas que vas a dejar atrás irremediablemente. El adiós llega entonces, y muchas veces se vuelve caótico. Y todo sucede tan rápido que no hay manera de darse cuenta, no hay manera de especular más cosas, ni de decirse más cosas, y entonces de verdad te quedas un poco ahogada con el último te quiero que quisiste decir. Con la última mirada. Y te das cuenta, también, que el último roce de tus labios con los suyos fue apenas el leve contacto de quienes esperan volverse a encontrar. Quizás mañana, en unas horas.
Sin embargo, lo realmente extraño es saber que no hay más que compartir. Excepto la sonrisa.
miércoles, 28 de enero de 2009
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